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Cuento Sufí

Cuenta una antigua historia Sufí que una mañana cualquiera un emperador se disponía a realizar su caminata cuando tropezó con un mendigo. Al verlo éste le dijo ‘dime qué es lo que quieres y yo te lo daré’, y el mendigo, sin poder contener su risa le contestó ‘preguntas como si pudieses cumplir mi deseo…’ el emperador que se sintió retado, le aseguró que así era.

Lo cierto es que no se trataba de cualquier mendigo, sino que era uno de los grandes maestros en una vida pasada del emperador; le había prometido que volvería en su próxima vida para ayudarle a despertar, ‘te has perdido esta vida pero vendré de nuevo’. Obviamente el emperador se había olvidado por completo… ¿quién recuerda sus vidas pasadas? De modo que testarudo, insistió ‘cumpliré cualquier deseo que pidas, soy un emperador muy poderoso ¿qué puedes tú desear que yo no pueda darte?’

El mendigo al final habló ‘es un deseo muy sencillo, ¿ves esta vasija para mendigar? Pues me gustaría que la llenaras con algo’.

Inmediatamente el emperador hizo que uno de sus visires trajera un montón de dinero, pero al volcarlo en la vasija desapareció. Volcó más y más, y en cuánto caía desaparecía. La vasija permanecía siempre vacía.

El palacio entero se reunió, y pronto el rumor atravesó la capital concentrando a una gigantesca multitud ¡estaba en juego el prestigio del emperador! Que estaba dispuesto a perderlo todo antes que ser derrotado por un mendigo. Diamantes, perlas y esmeraldas… sus tesoros se vaciaban, y la vasija del mendigo siempre vacía.

Harto de luchar, finalmente el emperador cayó a los pies del mendigo y admitió su derrota, ‘está bien, tú has vencido, pero antes de irte dime una cosa ¿de qué está hecha esta vasija?’

El mendigo se rió y dijo: ‘ésta vasija es como la mente humana, funciona igual que el deseo’.

Cuando vas detrás de un deseo primero experimentas excitación, suspense, aventura. Sientes que algo está a punto de suceder. Pero cuando lo consigues (el coche, el yate, la casa, la mujer…) descubres que la sensación de triunfo pasa rápido y enseguida te vuelves a sentir como al principio, creyendo que una nueva meta será la definitiva para mantener la felicidad. Esto es así porque el camino del deseo es una ilusión del ego, que intenta compensar el vacío interior poniendo la atención fuera de ti mismo.


Por lo tanto, la excitación existía sólo por obtenerlo… y tanto te embriagaste con ella, que por unos instantes te olvidaste de lo que grita en tu interior. Es así como nos movemos de un deseo a otro. Es así como seguimos siendo mendigos.

Zen: El Camino de la Paradoja
Vol. 2, pp. 208-22

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